historia de ARRESE
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CAP. VIII Los años anodinos de Bilbao CAP. IX La prueba-error CAP. X Encontrando tamaño perfecto EPILOGO CAP. VII Todo lo que sube baja CAP. II Ildefonso fundó Arrese CAP. III La segunda generación de Arrese CAP. VI La guerra, un mal negocio CAP. IV Francisco navega por la riá CAP. V Arrese: una empresa de verdad CAP. I Ildefonso salió a conocer mundo.

 

Don Francisco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con Luis, Paco y Nicolas Arrese Echebarria vino la profesionalización de Arrese como sociedad mercantil. En un Bilbao de más de cien mil habitantes, se inició una expansión empresarial que se tradujo en la renovación total de la tienda de Bidebarrieta, decorada con mármol de Carrara y preciosos frescos en tonos azules claros, con una magnífica fuente de mármol para que la gente pudiese tomar agua.

 

Después de aquello se abrieron diversas tiendas, montadas con todo lujo de detalles, como fueron la de la calle Atxuri, la de la calle de la Estación (hoy calle Navarra) y la del 24 de la Gran Vía, ésta ya en 1923. También se había levantado antes en Iralabarri una fábrica de tofes y chocolates, dada la necesidad de responder a una demanda que crecía.

 

Luis era el cerebro de la empresa, Paco trabajaba y controlaba la calidad de lo fabricado en el obrador, Nicolás realizaba la labor comercial viajando fuera de Bilbao que era ya mucho viajar.

 

Eran los tiempos en los que los caramelos eran uno de los reyes en el mundo de la pastelería, ya que la capacidad de compra de la mayoría de la población seguía siendo muy modesta. Dentro de esa línea de producto, Paco, el cuarto de Don Francisco, se trajo de Inglaterra una fórmula para la fabricación de tofes, siendo un acierto rotundo desde el primer momento, convirtiéndose al despuntar el siglo XX en uno de los productos estrella de Arrese.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es en uno de estos años cuando aparece, una mañana, en la tienda de Bidebarrieta una señora, de Bilbao de toda la vida, que tiene el encargo comprar una lata de tofes -dos kilos de peso aproximadamente- para unos amigos que viajan a América en un barco enorme de nueva construcción.

 

Al cabo de un par de meses, regresa la buena señora, toda impresionada, porque acaba de enterarse que el barco en el que viajaban sus amigos, con los tofes, se había hundido y aún no sabía nada de ellos. El barco era el Titanic.

 

Los años que siguieron fueron excelentes y la calidad de las materias primas fue el único principio utilizado para hacer crecer el negocio. Todos sabían que aquella mentalidad era el mejor de los tesoros.

 

Conchita, la pequeña, se había casado con Marcos de Orueta allá en 1920 y a partir de la apertura de la tienda de la Gran Vía, a ella correspondió la buena marcha de la misma.

 

Tuvo cinco hijos: Diógenes, Marcos, Pepita, Carmen y Luis María (Poto).

 

En aquel Bilbao, en los cines de estreno, en los descansos, era habitual ver pasar a un botones, perfectamente uniformado y con una bandeja ofreciendo los tofes de Arrese. Eran otros tiempos, otras costumbres.

 

Las cosas funcionaban en aquella sociedad, con un Athletic que lo ganaba casi todo, pero … en 1936 llegó el desastre.

 

 

 

 

 

Don Francisco aprendió también a dejarse llevar por el arte y, como el negocio lo permitía, se convirtió en un gran comprador de antigüedades, para escándalo de Doña Gregoria que veía todo aquello como algo mundano e intolerable.

 

Una vez adquirió un precioso cuadro del XVII por el que pagó una importante cantidad y ante el escepticismo de los demás sobre el valor de la obra, su respuesta, siempre contundente, fue:

 

-Si no es un “Velasques”, es de un “dissipulo” mejor que “Velasques”-, y se quedaba tan ancho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tampoco veía bien Doña Gregoria la afición de su marido a prestar dinero a los “conosidos” de éste, apuntando en una libretita los datos más importantes, libretita que más de una vez perdía.

 

En una ocasión, uno de esos “conosidos” le pidió a Don Francisco una cantidad para abrir una camisería en la calle Correo, pero el negocio no funcionó. Don Francisco se quedó la camisería para saldar la deuda y le cambio el nombre a “Camisería de Arrese”, pero aquello siguió yendo mal.

 

En una noche de muy fuerte viento las dos primeras letras del rótulo acabaron en el suelo, quedando en el frontispicio de aquella tienda, para escándalo de Doña Gregoria que lo interpretó como un aviso del cielo, el texto de “…miseria de Arrese”.

 

Muy enfadada su mujer, por aquello y otras gracias más, ordenó a su marido que sacase de casa aquella enorme cantidad de antigüedades, muchas de ellas auténticas joyas, pues ya estaba harta de tanta inmoralidad material. Como no podía ser de otra forma, Don Francisco obedeció. Le pidió a un amigo que, por favor, le permitiera guardar en su casa de manera temporal todo aquel arsenal de maravillas.

 

El problema vino cuando, al cabo de unos pocos meses, el amigo falleció por lo que Don Francisco se apresuró a dar el pésame a la viuda y a ver cuándo podría sacar todo aquello para llevarlo a otro lugar. La desconsolada viuda le respondió que de ninguna manera, que su marido lo había traído a casa y no le había contado nada más y que, por tanto, todo aquello se quedaba allí.

 

La que le montó Doña Gregoria a Don Francisco al llegar a casa y contar a su amada esposa el “susedido”, pero lo peor es que la fervorosa Doña Gregoria le dijo que lo ocurrido era un castigo de Dios y le ordenó que se olvidara de aquel arsenal de piezas, muchas de ellas inmorales.

 

Los hijos de Don Francisco, que para entonces ya tenían estudios y estaban ya enredados en el negocio familiar, tomaron cartas en el asunto de la manía de su padre de seguir haciendo favores, y decidieron, con la ayuda de Doña Gregoria, incapacitarlo, haciéndose ellos con el control del negocio y creando la empresa “Hermanos de Arrese”. Estamos en 1911.

 

Cuenta la leyenda que para representar de la mejor manera el cambio en el negocio, se incluyó en el logo elaborado por los hijos, sobre las iniciales H y A, un velero por la ría con Don Francisco dentro, acompañado de uno de sus innumerables “conosidos”.

 

 CapItulo V. De como aquello se convirtió en una empresa de verdad

 

 

 

 

 

 

La primera consecuencia del estado de guerra originado por el fallido golpe de Estado fue la escasez de suministros. Esto llevó a que en poco tiempo los productos a la venta se fueran drásticamente reduciendo en cantidad y en variedad.

 

A las pocas semanas de iniciado el conflicto abierto entre dos bandos, en las tiendas de Arrese sólo se ofrecían almendras saladas y galletas de Artiach, que se preparaban, cuidadosamente, en estuches de seis unidades.

 

La tienda de la calle de la Estación era, además, salón de té; allí se daba, no sólo las almendras saladas y las galletas de Artiach, sino también una taza de chocolate con agua. Incluía el precio una servilleta de papel.

 

En aquel enorme salón de té, la gente pasaba, con las galletas y el chocolate, la tarde hablando, siempre con cuidado, de lo que iban sabiendo de los conocidos y de la situación general.

 

Aún así, las ventas, aunque muy discreta, seguían porque la población reservaba su gasto para la alimentación y no había mucho qué elegir.

 

Cuando había alarma aérea, toda la familia Arrese Echebarria corría a refugiarse a la tienda de la calle de la Estación, con Don Francisco, ya muy mayor, el primero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A veces ocurría que entre la alarma y el ataque apenas pasaba tiempo, por lo que en más de una ocasión ese ataque pillaba a Concha Arrese y a sus hijos, como a tantos otros bilbaínos, corriendo Hurtado de Amezaga abajo, pegados a la pared de la estación de Abando, mientras el avión de turno ametrallaba a lo largo de la calle.

 

Cuando no daba tiempo a echar a correr, la orden era meterse debajo de la mesa de la cocina buscando un sentimiento de protección que aunque no era real, servía para tranquilizar algo.

 

Tras casi un año de guerra, un cañonazo desde el mar hizo saltar por los aires el frontón Euskalduna, a 60 metros de la vivienda de Concha y su familia. El estruendo fue terrible y cuando dejaron de caer cascotes por la calle, toda la familia estaba ya debajo de la mesa de la cocina, sin saber cómo habían llegado hasta allí.

 

Las tiendas tenían todos los escaparates cruzados con cintas adhesivas para intentar evitar la rotura de los cristales ante cualquier explosión cercana, porque la reparación resultaba luego imposible.

 

A pocos días de la caída de la ciudad y al ir a refugiarse, una vez más, a la tienda de la calle de la Estación, vieron cómo los soldados colocaban la dinamita en el puente del Arenal, con lo que dieron todos media vuelta y fueron a refugiarse, esta vez, a la fábrica de Iralabarri.

 

Así, una mañana de mediados de junio se pudo ver desde las calles de la villa cómo soldados con boinas rojas descendían por las laderas del Artxanda. Las tropas sublevadas ocupaban Bilbao y todo el mundo puso cara de bueno.

 

Se intentó reorganizar la vida dadas las nuevas circunstancias, se confío con recibir algún suministro más, pero apenas hubo cambios, pues la guerra continuaba en otros valles, en otras ciudades, entre otras gentes.

 

 

Alarma por ataque aéreo. Mayo de 1937. Bilbao (Robert Capa)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al cabo de unos días, una mañana, desde uno de los balcones de “La Bilbaína”, los nuevos dueños de la ciudad contemplan el local de Arrese de la calle de la Estación y Mercedes Sanz-Bachiller, fundadora del Auxilio Social, piensa que ese local estaría muy bien para comedor social. Así se decidió, así se confiscó.

 

Las otras tres tiendas, Bidebarrieta, Atxuri y Gran Vía funcionaron como pudieron hasta que acabó la guerra visible en todos sus frentes. A partir de 1939 se estableció una política de racionamiento de los alimentos que mejoraron un poco la situación, racionamiento fuera del cual se trampeaba para disponer de alguna cantidad adicional. Esto duró hasta 1952.

 

En una ocasión, un control realizado por Abastos en Iralabarri descubre unos sacos de azúcar que no se pueden justificar …

 

Volvamos atrás en el tiempo. Habíamos dejado de médico en Durango al otro hijo de Don Ildefonso, a José Luis, el estudioso de la familia. A su fallecimiento, su viuda se fue con sus hijos a Madrid. Allí, uno de ellos, también llamado José Luis, se hizo arquitecto, se metió en política, apostó por los que luego ganaron la guerra, por díscolo lo condenaron a muerte los de su bando, lo perdonaron y lo perdonaron tanto que lo hicieron Ministro-Secretario del entonces ya partido único. José Luis Arrese se convirtió en una de las personalidades del nuevo régimen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las cosas iban mal. La tienda confiscada de la calle de la estación se recupera, pero en un estado lamentable. No hay capacidad para ponerla en condiciones, se traspasa para abrir una tienda de “gabardinas Flomar”.

 

En 1943 muere Don Francisco, hijo del fundador, toda una institución. Cuatro años después, lo hace Luis, de manera inesperada, el cerebro de la empresa; ya sólo quedan dos hermanos pero tres herederos y se reparten la sociedad.

 

La tienda de Atxuri para la familia de María, ya fallecida, Paco se queda con la tienda de Bidebarrieta y la fábrica de Iralabarri, Concha con la de la Gran Vía, tienda de la que se venía ocupando, casi desde el inicio, como ya hemos comentado.

 

En 1948 se cubre toda la fachada de la tienda de la Gran Vía de mármol, quedando su exterior tal como hoy lo conocemos. En 1952 el cisma se completa, pues Concha Arrese decide montar un pequeño obrador en la propia tienda de la Gran Vía, por preferir fabricar ella misma los productos que allí se vendían y no en Iralabarri; la zona de venta se reduce en un 45% pero se inicia un mito que duraría treinta años: la salida de humos del pequeño obrador daba directamente a la Gran Vía, inundando todas las mañanas de un impresionante e irresistible olor a repostería la calle más importante de Bilbao. Aquel primer centenario de Arrese no se celebró de ninguna otra manera.

 

Cuatro años después se hacen una serie de pruebas y comienza la fabricación muy tímida de un nuevo producto: las trufas de chocolate, en dos sabores, coñac y nata.

 

A inicios de los años 60 se cierra la fábrica de Iralabarri, desapareciendo para siempre los famosos tofes de Arrese y no ocupándose nadie de guardar aquella fórmula que Paco Arrese se trajo de Inglaterra más de sesenta años antes.

 

También, en esos años 60 se van cerrando las tiendas de Atxuri y la original e histórica de Bidebarrieta, al no tener continuidad sus respectivas ramas. Sólo la tienda de la Gran Vía seguía al pie del cañón, en manos de Concha.

 

 

 

 

 

 

… Tras la pillada que suponían aquellos sacos de azúcar, el Gobernador Civil de (entonces) Vizcaya, no quiso hacer nada hasta no hablar personalmente con el Ministro-Secretario Arrese. Tras exponerle lo que había ocurrido, la respuesta del Ministro-Secretario fue: “Que se proceda según ley” … y a Arrese le cayó, como no podía ser de otra manera, un puro de no te menees.

 

Multa y cierre de la fábrica-obrador durante seis meses. Durante ese periodo, fue otra pastelería bilbaína, Jauregui, la que le fabricó el poco producto que Arrese podía entonces poner a la venta.

 

 CapItulo VII. De cómo todo lo que sube baja

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A principio de los 90 la situación no es buena. “Recalentada” la economía, el consumo no va bien. Se cierra la tienda de Artekalle que apenas ha durado abierta 8 años. Se reorganiza la empresa y Poto se jubila. En 1995 se queda al frente del negocio Doña Carmen. La cuarta generación de Arrese sigue al frente.

 

Todos saben que hay que crecer, que no se puede quedar la empresa en el tamaño en el que se encuentra: la tienda de la Gran Vía y un obrador de 75m2 en la calle Ledesma. La pregunta es ¿cómo?

 

Se incorpora al proyecto gente profesional y se empieza tímidamente a usar la proto-informática, desarrollando un plan de crecimiento, muy simple, muy sencillo y realizable.

En diciembre de 1996 fallece Concha Arrese, pero sabiendo que su proyecto vuelve a tener futuro.

 

La inauguración de la nueva

 terminal del aeropuerto de

Bilbao, en Loiu, ofrece la

 posibilidad de abrir un punto

 de venta en él, aprovechando

el tirón muy evidente de las ya

entonces famosas trufas. Se

gana el concurso organizado

 por Aena y se abre una

pequeña tienda que, en poco

 tiempo, se convierte en el punto

 de mayor facturación por metro cuadrado de todos los aeropuertos del Estado. Estamos en los últimos meses del siglo XX, en abril de 2000.

 

Animados por la buena marcha, se estudia abrir una tienda en Las Arenas, tierra de otras magníficas e históricas pastelerías de Bizkaia. Se elige la calle Mayor. Se apuesta sólo por las trufas pero se ve claramente que no es suficiente. Se amplía el tamaño de la tienda y la oferta de producto.

 

Aquellos pasos obligan a tomar otra decisión fundamental, pues el obrador de la calle Ledesma se queda muy pequeño. Se busca otro lugar para la producción y éste se encuentra en Basauri, en el Elkartegi de su zona industrial. Son 540m2 que hacen de aquel lugar algo enorme para simplemente fabricar pasteles y trufas. Esto nos obliga, además, a adquirir la primera gran furgoneta isoterma.

 

En el 2005 nos llega una mala noticia. Tras cinco años, vence la concesión de Aena en el aeropuerto y, debido a un error administrativo, no podemos renovarla, por lo que muy a nuestro pesar, debemos abandonar aquella magnífica tienda.

 

Un obrador tan grande y sólo con dos tiendas, perdida la del aeropuerto, nos marca las decisiones que vamos a tomar para los siguientes diez años.

 

 

 

 

CapItulo IX. De cómo la prueba-error enseña a crecer

 

 

 

 

El 26 de diciembre de 1996 fallecía en Bilbao, a la edad de casi 97 años, Doña Concepción Arrese Echebarria, nieta de los fundadores de la pastelería de Arrese y continuadora de la empresa en los momentos más delicados de sus más de ciento sesenta años de historia.

 

Conchita, como todo el mundo la llamaba, era

una fuente muy entretenida y divertida del conjunto

de relatos en torno a su Arrese de toda la vida,

siempre en un tono desenfadado que sólo se

alcanza cuando percibes que ya todo es historia.

 

Los hechos que aquí voy a ir dejando de la manera más fiel, son los que ella, desde siempre, me ha ido contando, con el deseo de que queden en el recuerdo de todos los que ahora habitamos, y en el futuro habitarán, esta ciudad tan bien inventada, que es nuestro querido Bilbao.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La familia de Ildenfonso Arrese vivía, a principios del siglo XIX, en el pequeño pueblo de Otxandio, en el territorio histórico de Bizkaia, a un paso de la muga con Gipuzkoa y Araba. Era una familia acomodada que había vivido con horror la Primera Guerra Carlista.

 

El padre de familia tenía muy claro que ganarse la vida era algo muy complicado por lo que deseaba que su hijo no se quedara en el pueblo, que “conociera mundo”, y en aquella época aquello podía significar irse a vivir a Bilbao, población que entonces iniciaba su proceso de industrialización.

 

Organizaron una cena de despedida. Al final de la misma, como si se fuese a América, Ildefonso se despidió de todos los miembros de su familia y a su primo pequeño, Felipe, el hijo de su tío el carpintero, le dijo que cuando fuese mayor, “viajara” como él, que viese lo que había fuera, por el mundo. Felipe Arrese, Beitia de segundo, se dedicó a la poesía y viajó más que él, pues se fue a vivir a Gipuzkoa.

 

El Bilbao de mediados del XIX apenas se

 extendía poco más allá de los contornos

 de lo que hoy llamamos el Casco Viejo.

Existían unos pocos puentes; uno de ellos

 comunicaba el núcleo urbano con la zona

 del convento de San Francisco a través

de una joya gótica de dos arcos que fue

demencialmente derruido hacia 1870,

tras construirse, a pocos metros, uno

mejor adaptado al tráfico de la época.

 

Los otros dos puentes eran, el que unía la zona de paseo de la villa, El Arenal, con la anteiglesia de Abando -puente de peaje- y, un poco más arriba del cauce, el que era llamado “puente colgante”, el de la canción.

 

Aquel Bilbao apenas alcanzaba los 15.000 habitantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llegado a Bilbao, conoció Ildefonso Arrese a Catalina Begoña, chica muy hacendosa a la que prometió amor eterno y con la que se casó. Era una época en la que la gente no se andaba con tonterías. Con la ayuda de los padres de ambos, pusieron en marcha en el número 8 de la calle Bidebarrieta un ultramarinos con el nombre del apellido de él. Corría el año del Señor de mil ochocientos y cincuenta y dos cuando se abría Arrese al público de Bilbao.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquella pastelería funcionó muy bien, llevada por aquel matrimonio con un concepto del ahorro espartano que hoy ya no existe, porque entonces la gente era muy consciente de las limitaciones que aquella sociedad del XIX implicaba.

 

Fue gracias a su trabajo y a esa mentalidad de hormiga acumuladora lo que les permitió acabar comprando el edificio en la que se encontraba la pastelería. Fue el primer gran paso para asentar aquel negocio.

 

Catalina e Ildefonso tuvieron, sin rechistar, los hijos que Dios les envío, concretamente seis, cuatro chicas y dos varones.

 

Dos niñas se les quedaron solteras, las otras dos las consiguieron casar a golpe de dote. Respecto a los hijos, uno les salió muy estudioso, José Luis, que se hizo médico y ejerció en Durango, el otro no tanto, Francisco. Sobre el primero, regresaremos más tarde.

 

 

 En aquella tienda de comestibles, Catalina no sólo atendía a los bilbaínos de entonces, sino que también, mañosa en la cocina, elaboraba unos dulces que debían quitar el hipo. Tal fue así que el resto de lo que allí se vendía fue quedando relegado hasta desaparecer. Apenas habían transcurrido unos pocos años y ya Arrese era una pastelería en toda regla, según lo que se entendía por pastelería a mediados del XIX. Como suele ocurrir, y más en el País Vasco, detrás de un buen negocio hay una gran mujer y Arrese no fue una excepción, como lo seguiría siendo a lo largo de las siguientes generaciones.
Otxandio, a mediados del s. XIX,

 

 

 

 

 

Fueron años muy oscuros en una ciudad cada vez más sucia con unos ciudadanos paulatinamente más inconformistas. Dos hijos de Concha, Carmen y Poto, la ayudaban a llevar aquel otra vez pequeño negocio que salía adelante gracias, una vez más, a la calidad de lo producido en el pequeño obrador y por la excelente ubicación que suponía la Gran Vía, es decir, en lo mejor de Bilbao.

 

Carmen cuidaba la calidad de lo que allí se producía, Poto era la imagen comercial de Arrese. La gestión de una empresa se volvía cada vez más complicada, más requisitos formales acompañados de un mayor nivel de burocratización.

 

A finales de los 70, como jefe

 de obrador, entro Rafa, una

 auténtica máquina, un

profesional que toda empresa

 desea tener dentro. Arrese lo

 tuvo. Sacaba él solo trece

 toneladas anuales de trufas

sin pestañear. Era imposible

automatizar el proceso, él

siempre iba más rápido.

 

 

 

Los años 70 fueron de transición, Arrese ya era de Bilbao de toda la vida y Carmen y Poto garantizaban que lo siguiese siendo. Fueron años de estabilidad después de tanto sobresalto durante aquellos anteriores 35 últimos años.

 

Concha sabía que el negocio estaba en muy buenas manos. A ella le había correspondido el cuidado de la tienda de la Gran Vía desde su apertura en 1923 y, ya con casi 80 años, pasaba definitivamente los trastos a sus hijos menores, quedándose tranquilamente a observar lo que ocurría por aquel nuevo Bilbao que, con enorme ilusión, se acababa de despedir del régimen político anterior para zambullirse de lleno en la partitocracia.

 

Las inundaciones de agosto de 1983 arrasaron el Casco Viejo de Bilbao y todos sus tradicionales y antiguos comercios, desapareciendo una parte muy relevante de ellos, apareciendo otros nuevos.

 

Arrese tomó en traspaso un local en el 3 de Artekalle y abrió una pastelería con mesas para café. Era una degustación con la que se intentaba volver a encontrar un tamaño de empresa algo más grande y, por tanto, más efectivo desde el punto de vista económico. Había pasado la época de la tranquilidad después de la tormenta y tocaba ponerse la pilas en un mundo que amenazaba ya muy cambiante.

 

Aquella nueva tienda obligaba a otro cambio. El obrador minúsculo, dentro de la tienda de la Gran Vía, había quedado eso, minúsculo, más si cabe. Carmen decide comprar en la calle Ledesma un local que se habilita y prepara como obrador, volviendo la tienda de la Gran Vía a su amplitud anterior a 1952. Aquel salto cualitativo de 1985 fue para la empresa enorme … pero despareció para siempre de la Gran Vía aquel inolvidable aroma que todo lo envolvía cada mañana.

 

Aquel paso marcaría el futuro de la empresa.

 

 

 

 

 

 

Ildenfonso y Catalina consideraron que sería Francisco, el hijo sin estudios, el que debía continuar con el negocio; “total es cuestión de saber manejar las cuatro cuentas”, pensaron.

 

Francisco supo ver que la clave de aquella

 pastelería en la calle Bidebarrieta residía

en ser capaces de mantener la calidad,

mentalidad que había heredado de sus

padres, lo que unido a su capacidad de

relacionarse con los demás, hizo que

Arrese, a lo tonto, funcionase como un tiro.

 

 

Ildefonso y Catalina podían ya descansar,

 después de una vida de trabajo y ahorro

 e incluso después de padecer una nueva

 Guerra Carlista, y así podían pasear por

 un Bilbao que había crecido “enormemente”

y se había transformado, para ellos,

demasiado.

 

 

 

Entre tanto, ya Don Francisco para todos, hombre muy serio, conoció a Gregoria Echebarria, mujer pía donde las haya, de extracto social más humilde, con la que va y se casa, lo que trajo algún que otro pequeño conflicto con Don Ildefonso y Doña Catalina, un tanto más clásicos.

 

Estamos en 1880. Una vez más, Dios obró otro milagro pues les dio ocho hijos, educados en la mayor religiosidad y tradicionalismo de la época. Sus nombres eran Miguel, Juan, Luis, María, Paco, Pepita, Nicolás y Conchita, ésta, la pequeña, nacida en 1900.

 

Era una época en la que las cosas cambiaban muy rápidamente, en un territorio que se industrializaba a marchas forzadas y cuyas tendencias culturales empujaron a la familia Arrese Echebarria a no transmitir a sus hijos el euskera que ellos sí habían recibido.

 

El amor de Don Francisco por la calidad, heredada de sus padres, perpetuó Arrese durante su gestión. Fue una muy buena época donde casi todo funcionaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay que seguir creciendo; las ideas son claras, los números también y el objetivo totalmente alcanzable. Se ha aprendido mucho con las experiencias vividas con las tiendas abiertas y mucho con las experiencias vividas con las tiendas que se han debido cerrar. No hay que perder ni una semana.

 

Un nuevo proyecto se pone en marcha. Esta vez es la esquina entre Rodríguez Arias y Máximo Aguirre. Se diseña una tienda diferente a las otras dos abiertas. En octubre de 2005 se inaugura y el resultado es francamente bueno.

 

Decidimos revisar algunos de

nuestros productos tradicionales

y vemos que las palmeras tienen

aún recorrido suficiente para

incrementar su calidad. Buscamos

nuevas mantequillas y la casamos

con diferentes tipos de chocolate.

El resultado nos gusta. Salen las

nuevas palmeras de chocolate que

pronto se convertirán en una fiebre

bilbaína.

 

La vida sigue, de cada tienda abierta se van sacando nuevas enseñanzas pero no podemos quedarnos en la situación empresarial cómoda en la que estamos, porque ésta puede volverse inestable en cualquier momento. Se decide abrir una nueva tienda, concretamente en Deusto, en la calle Lehendakari Agirre, al calor de La Casa Vasca. Estamos en 2010.

 

Ya muy cerca de un tamaño de empresa óptimo, se busca volver a los orígenes de Arrese, al Casco Viejo, en el Arenal, esquina calle Fueros. En marzo de 2013 y con otro diseño diferente a los anteriores.

 

La Casa Vasca cierra y como tenemos la mejor ubicación dentro de aquel enorme local, nos piden dejarlo libre cuando ellos lo necesiten. Esto nos obliga a encontrar una nueva ubicación y elegimos la de Berastegi, esquina Ledesma, donde ponemos en marcha un nuevo modelo de negocio: pastelería con desgustación de café, bebidas no alcohólicas, salados y helados. El resultado, siempre ofreciendo la máxima calidad, es muy bueno. Estamos ya en 2015.

 

Pero mientras, no ha sido necesario irnos de Deusto, hasta que finalmente llega el día en que sí debemos hacerlo, lo que nos lleva a decidir que no será la tienda de Berastegi la que sustituya a Deusto sino una nueva. Ésta será la de Ercilla, una tienda mini -otro modelo de tienda diferente- muy cerca de la de Rodríguez Arias y, una vez más, con un diseño totalmente diferente a los anteriores. De esta manera cerramos 2016.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Concha Arrese sólo pudo ver que se iba a empezar a recorrer un nuevo camino, para el que nos deseó toda la suerte del mundo. Han pasado desde entonces veinte años y su hija Carmen, aún al frente de la empresa, ha visto cómo ese camino se ha ido recorriendo para beneficio de toda la ciudad de Bilbao, porque bilbaínos son las 55 personas que trabajan en ella y bilbaínos son, en la mayoría de los casos, los que disfrutan de lo que Arrese produce, en una urbe donde la cultura repostera es enorme, no sólo gracias a Arrese sino también gracias a otras fabulosas y magníficas pastelerías de esta preciosa ciudad.

 

PrOlogo: CapItulo 1. De cómo Ildefonso salió a conocer mundo.  CapItulo I1. De cómo Ildefonso acabó regentando una pastelería CapItulo II1. De cómo Arrese pasó a la segunda generación  CapItulo IV. De cómo Francisco navegó por la ría  CapItulo VI. De cómo la guerra es un mal negoció para todos CapItulo VIII. De cómo paso Arrese por los años anodinos de aquel Bilbao CapItulo X. De cómo la necesidad te lleva a encontrar el tamaño ideal EPILOGO.

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